4 de agosto de 2017

De la muerte en la literatura

Se fueron en un abrir y cerrar de ojos. Casi literalmente. No tuve tiempo de despedirme, de agradecerles los buenos momentos, de confesarme devoto de sus historias, de exteriorizar con palabras lo que sus vidas, a través de las palabras de otro, significaron para mí. Apenas alcancé a explicarles cómo, mientras me hallaba absorto con un nuevo mundo abierto entre mis manos, dejé de ser para empezar a comprender, a empatizar, a aprender en una piel que no era la mía y que se componía de tinta y celulosa. Diferentes perspectivas de las que me apoderaba despiadadamente, a veces con tanta pasión que algunas de las emociones me golpeaban con tanta fuerza como para devolverme, por unos segundos, a ese cuerpo que ya casi me resultaba extraño.  Sentía como propias cada pequeña alegría, cada lágrima, todas y cada una de las frustraciones y callejones de salida, encrucijadas vitales, frente a los cuales se encontraban aquellos personajes que permanecían inertes a mi mirada, completamente desconocedores de mi cercana vigilancia. No leía, vivía.

Quizá sea lo mejor, incluso lo más justo, pero nunca me es posible evitar el sabor amargo de despedida unilateral cuando se cierran por última vez las tapas del libro que justo he terminado. Al igual que no hubo presentación inicial, apretones de manos o besos en la mejilla, tal vez sería un poco absurda cualquier muestra de tristeza, una mano en alto diciendo adiós sin respuesta. Quizá, y aquí me aventuro por senderos completamente desconocidos, sea inútil intentar dilucidar una mínima conexión entre morir y cerrar un libro, quizá simplemente se trate de finales de historias que no comparten más que una pequeña comparación con tintes metafóricos. Y, sin embargo, conforme escribo y este conjunto de palabras, cobra algo de sentido, la idea se torna plausible en mi cabeza. La despedida, el perpetuo adiós, la casi imperante necesidad de aferrarse al recuerdo que revive sentimientos, mata monstruos y cubre la pena con la dulce sensación de haberlo vivido, de haber compartido momentos, tiempo, con aquellos a quien queríamos, personajes o personas, poco importa.

Tal vez, y solo tal vez, el niño que lee se prepara, sin saberlo, para la muerte, la arropa con la ternura de aquel que desconoce muy bien a lo que se enfrenta, con la inocencia impoluta del que desconfía de todo aquello que le cuentan ‘sus mayores’, aprendiendo así a aceptarla, a mirarla cara a cara, a los ojos y susúrrale al oído: “no te tengo miedo”. Y tal vez solo así, con la seguridad del que ha conquistado su derrota, el niño sea capaz de vivir con la tranquilidad del que no necesita vencer para ser feliz, con la calma necesaria para paladear y degustar cada instante, con la confianza del que se sabe liberado de la mayor de sus cadenas.

Por eso, no solo el niño, sino cada uno de nosotros, cada vez que abrimos un libro y nos sumergimos en sus páginas, quizá estemos aceptando nuestro propio final y el de aquellos que nos rodean, quizá estemos también, a la vez, aunque sin saber muy bien cómo, curando heridas pasadas, perdonando, en las tramas del libro, lo que un día fuimos nosotros o aquellos que nos hicieron daño.

Quizá, y solo quizá, sea verdad aquello de la que la tarea más dura sea la de estar en soledad y conocerse a uno mismo, y tal vez los libros sean el mejor camino, pasaje, puerta para conseguirlo.


Lée(te).

14 de marzo de 2017

De repente...

De repente te descubres nómada, te paras a contemplarte desde fuera de ti y te golpea la idea de saberte náufrago en el mar de tu existencia, en una desolada isla que no sabes muy bien si llegaste a elegir. Las noticias te salpican en forma de mensaje lanzado al agua en el interior de una botella que no sabía muy bien si llegaría a ser rescatada. Hablan de fronteras, de un tal presidente del considerado país más poderoso del mundo cuya obstinación y racismo le han llevado a postular la xenófoba idea de levantar, sobre esa línea imaginaria que ya dibujan los mapas, un muro, materialización de la absurda idea de frontera, para separar, segregar, diferenciar sobre el terreno lo que sobre el pensamiento ya hace la idea de ‘nación’. Desde tu atolón, si el viento sopla a favor y el graznido de los pájaros que solo existen en tu cabeza cesa, llegas a escuchar el grito de un pueblo enfurecido, indignado, que se escandaliza ante la humanidad de tal inhumana barbarie. Mientras contemplas y escuchas inmóvil, tratando de procesar todo lo que sucede, llegar a la raíz de la cuestión, se escurre entre tus labios, mezclado con lo salado de la brisa marina, el cinismo, la desfachatez, la hipocresía de las palabras que llenan sus bocas y salen disparadas por doquier.

Torbellino de pensamientos que inundan en un instante tu cabeza y te impiden discernir con claridad lo que está pasando. ¿No hay algo de familiar en todo esto? ¿A qué te recuerda? No, te niegas a creer lo primero que de modo tan fugaz atraviesa tu mente. No puede ser, te niegas a aceptar que aquellos que cierran sus puertas a los refugiados, a los inmigrantes que se juegan la vida llevando como único equipaje una esperanza que se negaron a dejar por el camino, se escandalicen frente a la construcción del citado muro. Te repites a ti mismo, una y otra vez, que debe haber alguna diferencia, te das un tiempo para asimilar lo que acabas de leer y tratas de investigar sobre el asunto con la solemne decisión de poner fin a esta desazón que te oprime el pecho.

Mucha información, opiniones dejadas por cualquier rincón de internet, en forma de artículo, blog, noticia, comentario en redes sociales, puntos de vista que desafían a la verdad, que se equiparan al conocimiento sin ni siquiera tomarse la molestia de disfrazarse de razonamiento falaz. Sientes vergüenza. Más todavía cuando un pequeño gráfico congela tu respiración y detiene de repente el palpitar de tu corazón. Dos vallas de seis metros de altura, una de ellas, la colindante con el país vecino, reforzada con una concertina rebosante de cuchillas que dan la bienvenida a todo aquel que se aventure a saltarla (y cuya retirada fue declinada hace tan solo unos años por el presidente del país en que se halla). Por si fuese poco, una sirga tridimensional intermedia acentúa la inhumanidad de tan miserable muestra de la barbarie humana que parece verse en territorio ajeno y obviarse en el propio.

“El problema era que tenías que seguir escogiendo entre lo malo y lo peor hasta que al final no quedaba nada. A la edad de 25 la mayoría de la gente estaba acabada. Todo un maldito país repleto de estúpidos conduciendo automóviles, comiendo, pariendo niños, haciéndolo todo de la peor manera posible, como votar por el candidato presidencial que más les recordaba a ellos mismos. Yo no tenía ningún interés. No tenía interés en nada. No tenía ni idea de cómo lograría escaparme. Al menos los demás tenían algún aliciente en la vida. Parecía que comprendían algo que a mí se me escapaba.”

Charles Bukowski.

2 de febrero de 2017

La bañera


Desde la ventana mi vista alcanza a vislumbrar torpemente una bañera. No hay nadie en su interior tomando un baño. Tiene, como único sostén, cuatro pequeñas piezas de madera atornilladas a su base. Su exterior ha sido pintado de un azul templado y la mitad de uno de sus laterales ha sido decapitada. Imagino que el lado superviviente esconde unos cómodos cojines y me planteo si, entonces, ha dejado finalmente de ser una bañera. La mesa que la acompaña parece indicar la dirección correcta hacia una respuesta adecuada, acorde a la nueva identidad de la ahora ‘no-bañera’.

¿Qué sentido podría tener ahora intentar llenarla de agua? ¿Será consciente la bañera de su nuevo ser? ¿Es posible que siga siendo bañera, aunque sea en la mínima e ínfima manera en que se sigue siendo algo en el recuerdo de alguien? ¿Cuándo dejó de ser bañera para empezar a no serlo? ¿Qué es exactamente ahora? ¿Es una bañera haciendo las veces de sofá? ¿Acaso un sofá con forma de bañera? ¿Alguien más se habrá percatado de su casi inadvertida presencia? ¿Alguien se ha parado a preguntarle cuál es su nueva identidad? 

Cambios. Transformaciones, voluntarias o no, que nos moldean incesablemente sin ni siquiera preguntarnos. De repente, una mañana al levantarnos, descubrimos esa parte que nos falta, ese trozo amputado que nos impide volver a ser aquello que con tantas ganas pretendíamos al abrir los ojos. Queremos, pero no podemos. Nos llenamos de agua, como la no-bañera, y vemos que no podemos contenerla en nuestro interior, hemos dejado de ser, para empezar a ser de nuevo. Tenemos a nuestro alcance la inmejorable oportunidad de transformarnos, manipular nuestros materiales y crear con ellos lo que nadie espera. Resurgir de nuestras propias cenizas no necesita de la cremación completa de nuestra identidad. Voluntad y paciencia, ganas de construirnos, conscientes de las influencias externas pero escogiendo autónoma y conscientemente entre el gran abanico que tenemos ante nosotros. Y, por qué no, creando nuevos caminos, abriendo nuevos horizontes de posibilidades. 

Olvidar. Dejar a un lado la necesidad impuesta e innecesaria de definirnos ante la mirada ajena de aquellos que nunca fueron capaces de ser ‘no-bañera’, de vivir en el interludio de dos notas musicales, en el intersticio vacío entre dos palabras, para desde ahí empezar a Ser de manera auténtica. Fuerza y determinación para aceptarse roto, vacío, en construcción, sin fecha concreta de finalización, quizá condenado de por vida a un rehacerse constante.

Decisión y seguridad para ser felices en el trayecto.

21 de noviembre de 2016

Hacia delante

Somos insignificantes cristales de tiempo que se hacen añicos ante el frágil aletear de la vida. Somos vida que se esparce, contrae, esconde y escapa del ruido que generan nuestras mentes. Somos esas mentes incapaces de estar siquiera cerca de comprender esta existencia absurda que nos envuelve y empapa. Somos, en definitiva, ese absurdo que se esfuerza, pese a todo, en seguir hacia delante, ¿y es que acaso hay otra alternativa?

Estamos condenados, si es que acaso existe tal cosa, a convertir en ruina un futuro que hace tiempo dejó de ser esperanzador, que nos arrulla con un leve cántico de derrota y la añeja fragancia de la desilusión. Estamos ensimismados, con los ojos a medios abrir y el corazón cerrado, incapaces de sentir la menor muestra de verdadero amor, en cualquiera de las formas en que este pueda darse, o recibirse. Estamos anegados y enfangados hasta lo más hondo de nuestra contingencia con la agridulce sensación de la incertidumbre, con la pesadez de tomar decisiones ante dilemas para los que nunca estaremos preparados.

Somos vagabundos, deambulantes y soñadores, que nunca fuimos capaces de cortar las cuerdas que nos convierten en títeres, que no seremos más que el recuerdo funesto torpemente grabado en la memoria de aquellos que nos narren durante una o dos generaciones. Después, nada, por mucho que algunos digan, inventen o crean. Somos tachaduras en los márgenes de una historia que carece de argumento principal, con personajes caricaturescos y puntos suspensivos.

Foto: Antonio Bermejo
Sin embargo, pese a ello, o quizá debido a ello, nos esforzamos en crear sentido(s), construir y derruir nuestras identidades, hilar con cuidado las vivencias de nuestro frágil e incierto devenir hasta darle la forma que consideramos adecuada. Exprimimos al máximo cada insignificante alegría con la que nos topamos, tratamos de mirar hacia delante, haciendo oído sordos de los ecos del pasado que nos suplica clemencia y nos ofrece el calor de la vivencia pasada. Nos arriesgamos, a ciegas, porque no hay otro modo de enredarse con el mundo, y nos creemos capaces hacer habitables las ruinas que fueron las sobras desechadas por otros.

Volemos y pensémonos libres, sintamos, aunque solo sea por un momento, que lo efímero de nuestra breve estancia cobra sentido en la intersección con otras personas. Recreemos nuestras más profundas esperanzas, creamos que se harán realidad solo con desearlas fuertemente. Cerremos los ojos y sigamos a tientas, ya que no habrá mucha diferencia, viviendo a todo sentimiento y ningún sin remordimientos.

Vayamos, pese a todo, hacia delante, con la serena tranquilidad de que la incertidumbre nos aguarda a la vuelta de la esquina y nuestra suerte está echada: la muerte nos espera, pero hasta entonces, vivamos.


23 de octubre de 2016

Aleatorio

Los adultos justifican la aberrante educación que dan a sus hijos y que estos no hacen sino reproducir, bajo las palabras mágicas ‘son cosas de niños’. Patrones conductuales que se esparcen socialmente, impregnando hasta el más recóndito lugar de la más perdida conciencia. Mofas y burlas hasta la saciedad hacia lo diferente, lo que resulta extraño. Rechazo sistemático de todo aquello que se escapa de las fauces de lo establecido. Incapacidad permanente de establecer un diálogo coherente y constructivo desde dos realidades que se entienden como opuestas en lugar de ser vistas como complementarias. 

Dualidades, obsesión por la separación binaria, cerrazón y obstinación para convivir y aceptar el amplio espectro de la sexualidad. El sexo como tabú, como algo que debe controlarse, censurarse y reglarse. Ausencia total de una educación sexual por y para el placer, la extenuación, en la que no importe el cómo ni con quién (o quiénes), calidad o cantidad. Y además, un amor encarcelado y restringido, privilegio de aquellos que encajan en lo binario de nuestra estancada visión de lo que hay, lo que es.

Un Ser también coartado, amputado, donde todos quieren, pretenden ser, pero nadie es. Cuerpos vacíos, cabezas llenas de basura que obstruye los orificios de la razón y el pensamiento autónomo. Autómatas que votan contra sus propios intereses, urnas medio llenas y un país que se agarra al partido más votado, vendándose (y vendiéndose) a sí mismo, haciendo caso omiso al amplio abanico de oportunidades alternativas que están sobre la mesa y podrían materializarse con el diálogo adecuado. Silencios y ojos que miran a otro lado cuando la mierda rebosa, los juzgados se tiñen de azul y la pobreza aumenta a pasos agigantados.

Necesidad constante de otras vidas futuras, paraísos celestiales prometidos, que nos ciegan, que nos hacen olvidarnos de que lo único que sabemos con certeza, lo verdaderamente palpable y disfrutable es la existencia actual, a la que damos forma cada día. La de los llantos y desilusiones, la de los fracasos y derrotas, pero también la de las pequeñas alegrías, las sonrisas anónimas, la del no saber hacia dónde, pero seguir tozudamente hasta llegar, hasta averiguarlo. La del no saber muy bien qué, ni cómo, ni posiblemente cuándo o dónde, pero querer, querer, querer y darse cuenta de que poco importa todo lo demás.

Orillas mediterráneas que se tiñen del color invisible de la sangre de todos aquellos que huyen de una guerra y se dan de bruces contra una de las mayores violaciones de Derechos Humanos de la historia. La caligrafía con la que estamos describiendo el curso de los acontecimientos tiene forma de alambre y los signos de puntuación son sus clavos que desgarran sin la más mínima compasión cada centímetro de piel que se cruza en su camino. Destino: una muerte precoz ahogada por un grito sordo de auxilio que no consigue perforar nuestras conciencias lo suficiente como para activamente cambiar lo que está sucediendo.

Derecho al delirio, que decía Galeano. A no mutar los gritos de este pequeño espacio que mensualmente se me concede. Necesidad de poner voz a unos pensamientos compartidos, que dudo en algún momento me perteneciesen, ser altavoz para las voces menos oídas, a pesar del eco con el que se repiten en los medios, al que estamos ya demasiado acostumbrados. Nada nuevo, lo sé. Entonces, ¿por qué? Por mí, por un principio y un final, por una ruta cíclica y constante, que sin embargo nunca es la misma. Por dejar de ser y solo así poder empezar a serlo.


Pd. No busquen coherencia, en ningún momento fue mi intención. 

18 de julio de 2016

Anónimo

Les aseguro, sin temor alguno a equivocarme, que me hizo feliz. Es cierto que no fueron más que unos pocos segundos los que paré a contemplar, con todo lo que el verbo en su acepción más filosófica implica, esa perfecta escenificación improvisada de la felicidad, esa bella materialización de la vida en su más pura sencillez y radicalidad, esa obra de arte puesta en práctica por una pequeña niña enfundada en un traje completo e impermeable contra la lluvia, gorro y botas incluidas. Saltaba. Saltaba con la seguridad que da la inocencia, la sonrisa que dibuja la felicidad de hacer lo que uno verdaderamente quiere y la seguridad de que mojarse no iba a empeorar su día, sino acaso mejorarlo.

Mientras tanto, con ese carácter taciturno, melancólico y huidizo que imprimen los paraguas en sus portadores, multitud de adultos se protegían de la lluvia, pasaban fugaces ignorando impasiblemente esa fuente de vida que no hacía más que brotar una y otra vez con más fuerza cada vez que los pies de aquella niña golpeaban con fuerza el siguiente charco. Mirar a otro lado, no vaya a ser que salpique y nos haga siquiera esbozar una sonrisa, no vaya a ser que nos haga darnos cuenta de lo miserable de la vida que a veces llevamos, de todo lo que hemos dejado por el camino luchando por ser alguien que no elegimos, persiguiendo anhelos de otros y dando sepultura a nuestros propios y más sinceros sueños.



Una madre a su lado, observadora, paciente, sabedora de la importancia de aquel pequeño y grandioso instante, empapándose a partes iguales de la lluvia y la felicidad de su hija. Otra sonrisa imborrable, consecuencia de la primera, la de la niña, de la que yo también me había contagiado. Felicidad que se multiplicaba en forma de línea curva en rostros anónimos, partícipes por igual, pero con distintas perspectivas, de aquel maravilloso espectáculo. Felicidad que se expande impasiblemente por todo aquel que está dispuesto a dejarse contagiar, que es capaz de empatizar y disfrutar de la alegría de quien no conoce, con quien no comparte vínculo alguno.

Cerrar el paraguas. Mirar hacia arriba. Aceptar que llueve. Aprender a mojarse, a empaparse. Bailar bajo la lluvia. Y a pesar de ello, o precisamente por ello, ser felices. Sin motivos. Sin explicaciones. Iluminar el mundo con el poder de una sonrisa sin razones ni causas. Convertirnos en nuestro propio faro. Ser dueños de nuestro destino.


Os concedo, a quienes lo estéis pensando, que ello no hará que deje de llover, ¿pero eso a quién le importa ahora? 

22 de junio de 2016

El lado bueno

Always look on the bright side of life’, como dice la famosa canción de ‘La vida de Brian’, aquella divertida y cómica película; o, como bien recoge el refranero popular en una versión similar, no hay mal que por bien no venga. Y yo les prometo que lo he intentado, y no una ni dos veces, sino cientos de ellas en ocasiones, con tozudez, empeño y sin el menor signo de cansancio, sin que por mi mente se atreviese a pasar el tenue murmullo de una retirada a tiempo o una agridulce derrota. Pero, si de lo que vamos a hablar es de sabores, admitámoslo, es el turno del amargo, es el momento del desgastamiento del paladar de nuestras emociones con la desoladora insinuación de que estamos buscando en vano, con la irremediable aceptación de que tal lado bueno no existe, o al menos no siempre.

Y es que hay males que vienen para quedarse, heridas que no se curan, ni lo harán con el paso de los años, hay dolores que arrasan y devastan todo lo que en nosotros encuentran, y no van a dejar de hacerlo porque nos empeñemos en buscarles un supuesto lado positivo que es más una creación efímera de nuestro cerebro que algo palpable y asumible por nuestro sentir. De nada valen las palabras de apoyo, las palmaditas en la espalda, la sucia y pretendida condolencia, que se ha erigido en nuestras sociedades como una presuposición social, destiñéndose de cualquier síntoma de sinceridad que pudo haber tenido en sus inicios.

Nada. No va a quedarnos nada más que dolor y sufrimiento, y quizá no se vaya, asumámoslo de una vez por todas y dejemos de pretender que todo va bien. Nadie. O casi nadie podrá realmente entender cómo y qué sientes, hasta dónde y por qué te duele, cómo hace ese sufrimiento para deshacerte y devorarte en cuestión de segundos.

Ahora levanten sus miradas, abran sus mentes, presten atención y hagan el esfuerzo de salir del narcisismo que le acaban de provocar lo que han leído, intenten dejar a un lado sus experiencias personales y sean capaces de mirar al otro, de apreciar con humildad y sin prejuicios su sufrimiento. Intenten lo que para muchos resulta imposible, impensable, formar parte de un nosotros sufriente, una colectividad que se individualiza en el dolor y que ya no puede aguantar ni un minuto más con los ojos vendados. ¿Creen que podrán hacerlo? ¿Sí? ¿Seguro? Bien, prosigamos entonces.

Sientan como propios cada uno de los golpes de esa mujer que en las próximas horas morirá a manos de su marido, novio, pareja, en alguna calle desconocida de una ciudad anónima de un país en el que la prensa cubrirá la noticia como una ‘mujer hallada muerta’, en lugar de ‘una mujer asesinada’. Sientan el frío de las aguas mediterráneas que les congela poco a poco cada una de sus articulaciones y sean plenamente conscientes de que en ellas morirán en cuestión de horas, quizá minutos, mientras Europa mira inerte cómo se pierden unas vidas que, hace tiempo quedó claro, no valen lo mismo. Sientan como propias las miradas de rechazo y odio, las palabras de reprobación y repugnancia, e incluso las agresiones, de una parte de la población debido a su orientación sexual, identidad de género,… porque la heteronormatividad causa estragos en todas aquellas personas LGBTIQ+ que son vistas con diferentes (y lo son en muchos casos a ojos de la ley).


En definitiva, sientan como propio el dolor ajeno de todos aquellos que sufren en el mundo por las injusticias que padecen irremediablemente y que, aunque lo intentasen con todas sus fuerzas como yo, difícilmente podría evitar una carcajada al escuchar eso de ‘el lado bueno de las cosas’.  

18 de abril de 2016

Conmigo mismo

Y de repente, silencio. Un silencio que levanta la voz y ahoga los pensamientos, que se expande insensiblemente por toda la habitación y te mira desde arriba. Un silencio que empequeñece, aprieta y casi ahoga, que sobrecoge, empapa y te hace templar a partes iguales. Un silencio que, por encima de todo, te recuerda que estás solo. Pero la soledad no acaba de venir a verte porque no tuviese mejores cosas que hacer, la has llamado, puede que sin saberlo, porque la necesitas; en último término, te necesitas a ti mismo, y no hay mejor manera de encontrarte, de enfrentarte a ti, que cuando ella está presente.

Tras un segundo parpadeo, la soledad, el silencio y tú, sin saber muy bien qué hacer ahora. Quizá lo mejor sea relajarte, hacer el cuerpo a la presencia de estas infrecuentes (para muchos) compañeras de tertulia. Sin embargo, no habrá presentaciones para principiantes ni veteranos, simplemente una charla a tres bandas en la que tú serás el único interlocutor; sí, de ti mismo. Todas y cada una de las preguntas que decidas lanzar al aire volverán envenenadas de silencio y soledad, y además esperando ser respondidas. Me temo que te va a tocar hacerte frente,  empezando por todos aquellos pensamientos y sensaciones que se hallan en la superficie, para ir ahondando poco a poco en toda esa maraña más o menos racional que rige la mayoría de tus actos y emociones sin el menor esfuerzo, sin que tú lo sepas.

Me saltaré ahora procesos intermedios, zambullidas con diferente profundidad en las que poco a poco uno se va descubriendo a sí mismo, se empieza a conocer, aceptar y, en el mejor de los casos, cambiar lo que no le gusta; si bien es cierto que no es poco el esfuerzo necesario. Pero, de todo esto ya he hablado antes, he escrito, quizá demasiado, al respecto, ¿verdad? ¿Por qué hacerlo de nuevo?

En medio de uno de esos últimos momentos de silencio y soledad, he llegado a vislumbrar el fondo, lo confieso, he encontrado algunas de las piedras de toque que se hallan en el fondo de mis pensamientos, mente, cabeza, llámenlo como quieran. Es más, he conseguido leer su superficie, identificarlas, no sin poco esfuerzo, o eso creo. Sin embargo, no me gusta parte de lo que veo, que quiero borrar lo escrito, renovar algunas de esas columnas, esculpirlas a mi manera, tirar varias de ellas y suplirlas por otras que ya tengo listas para reemplazarlas. ¿El problema entonces? No soy capaz, están fuertemente engarzadas a eso que soy yo, resultado de mi educación en una sociedad llena de estereotipos, prejuicios, visiones anquilosadas del ser humano, la sexualidad, la política y economía, la cultura, y un largo etcétera que ha ido calando desde el imaginario cultural hasta eso que me he acostumbrado a llamar ‘yo’.


Y de nuevo, silencio. Sigo sin saber qué hacer y estoy seguro de que la ayuda no puede llegar desde afuera. Quiero seguir intentándolo. 

30 de marzo de 2016

Pensamientos aleatorios

Todo se desmorona poco a poco, sin hacer apenas ruido, parece que el silencio se haya cansado verdaderamente de gritar y haya decidido, finalmente, hacerse cargo de la que supuestamente es su principal ocupación: ahogar impasiblemente todas y cada una de las voces que intentan despertarse en mi conciencia. Parece estar consiguiéndolo. O quizá, simplemente, me haya acostumbrado a pensar sin palabras, a sentir lo que pienso y despensar lo que vivo. Tal vez mis fuerzas haya cedido al fluir indeleble de las conciencias dormidas, de las almas vacías y los cuerpos inertes, aunque mutilados por vivencias que les impusieron, mediante experiencias que les grabaron en la piel.

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Este proceso de 'desatrofiación' de mis sensibilidad me está pasando factura. Duele cuando miras fijamente al Sol durante varios segundos, quema cuando el fuego está cerca de ti y deja de ser reconfortante para convertirse en abrasador. Llevo meses sentado en unas llamas que no se apagan, mirando un Sol que brilla cada día con más intensidad. No, no me ciega. No, no me ha quemado (al menos no literalmente). Estoy aprendiendo a ver, con unos ojos que ya no sé si son míos, una realidad de la que dudo mucho pueda huir. Me faltan razones que prueben, expliquen, justifiquen, racionalicen, o pongan dentro del espectro de mis sentimientos, todo lo que pasa a mi alrededor. El anonimato hace tiempo que dejó de ser una excusa. ¿Cómo es posible? ¿Por qué? ¿Qué está realmente pasando? ¿A qué aferrarme? ¿Hacia dónde mirar? ¿Hay que seguir caminando?

Todo ha dejado, simplemente, de tener sentido.

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¿Cómo huir de tus sueños? ¿Cómo y por dónde escapar de las pesadillas que se apoderan de nosotros durante la noche? ¿Qué es eso de no saber a dónde va tu 'yo' cuando duermes? Parece que separarse del cuerpo fuese tan sencillo. Y yo todo este tiempo tratando de asirme fuertemente a él, de no perder contacto con la realidad que me rodea, ¿pero es que acaso hay más de una?

Nunca he sabido el efecto que el café causa en mi organismo, pero todavía esa maldita pregunta sigue torturándome, con indecencia y sin compasión, ¿cómo se deshace un beso? 

24 de marzo de 2016

Vivo

A veces la vida nos abruma, nos pasa por encima sin pedir permiso, se va sin disculparse siquiera, nos derriba con constantes compromisos y contratos no firmados que nos obligan a permanecer, nos inmovilizan, alejándonos de nuestros sueños, incluso de nuestra propia felicidad. A veces nos engaña, haciéndonos pensar que esta última nos llegará desde fuera, como caída del cielo, que con un poco de azar y estar en el sitio adecuado será nuestra; sin embargo, la felicidad hay que crearla, construirla, darle forma y contenido, ponerle colores, olores, sabores, sonidos y tacto, mucho tacto: el calor del sol azotando tu cuerpo en una fría mañana de invierno, el roce de esa mano que consigue despertar todos tus sentidos, un beso, un abrazo.

A veces la vida nos llena de frustraciones ajenas, de lágrimas que nos salpican por llantos que no merecemos, nos zarandea con emociones que no hemos tenido el valor previo de afrontar, combatir, aceptar, asumir. Demasiadas veces pagamos los platos rotos de aquellos que no tuvieron el valor de tomar las riendas de sus proyectos, que se conformaron con prefabricar los sueños de otros en lugar de crear los propios. Tratan de llenarlos la cabeza con sus inseguridades, sus complejos y las continuas y memorizadas mentiras que aprendieron de sus mayores. Cobardes.

No, no pienso dejar de intentarlo, no pienso desistir, poco me importan ahora vuestras palabras, los consejos rotos e inservibles, los miedos que os enseñaron y no os atrevisteis a desgarrar. La oscuridad, que probablemente me envuelva en las etapas iniciales de este nuevo camino que intento rehacer continuamente, no va a frenarme ni un solo segundo, no va a marchitar ni siquiera uno solo de mis proyectos o, en caso de no haberlos, las ganas de salir a buscarlos, o que me busquen, a crearnos juntos en una espiral de vida, ganas, pasión y dedicación por aquello que me gusta hacer.

No, tampoco importa no saber lo que quiero hacer ahora mismo. Sé reconocer lo que siento, lo que me hace cerrar los ojos y sonreír. Soy perfectamente capaz de saber que me hallo en el camino correcto, haciéndolo con cada paso, que tengo un gran abanico de posibilidades ante mí y que no pienso desperdiciar ninguna. Me he propuesto firmemente no escuchar a todos aquellos que me griten desde su impotencia y apatía, estoy más que decidido a hacer oídos sordos a todas y cada una de las palabras de desánimo que traten de obstaculizar mi camino, que quieran interpretar un papel protagonista en un camino que yo vislumbré libre de idiotas y personas que resten a mi vida.

¿Que por qué y para qué? Por y para mí. Porque merezco dedicarme algo de tiempo, porque nadie si no soy yo va a ocuparse de mi vida, de mis sueños, de mis pasiones, de mis emociones. Para que nadie ocupe el lugar que me pertenece, del que voy a adueñarme por ello y, desde lo alto, bajo o a media altura de mi castillo, gritaré que me quiero.

¿Que a qué viene esto? A que ojalá tan solo uno de los que me estáis leyendo haga suyas estas palabras, se apropie de la idea, la arrope cariñosamente y se anime a llevarle a cabo. Pero, por encima de todo, porque necesitaba decírmelo.

28 de febrero de 2016

Opiniones

            Todo el mundo opina. A discreción. Sin reparo ni vergüenza. Con el pecho henchido y la cabeza alta, satisfechos de aportar algo a la conversación que en el momento se mantenga. El resto de interlocutores escucha, en el mejor de los casos atentamente, y espera que llegue su turno, su gran oportunidad, la ansiada ocasión de expresar alto y claro lo que en esos momentos se halla en su pensamiento. Allá va, decidido. Ya no hay marcha atrás, todos sabrán por fin lo que más tarde olvidarán y no entrarán siquiera a valorar. Cambiar nuestros pensamientos requiere de un esfuerzo desmesurado para nuestras cómodas y malacostumbradas cabezas. Y, para qué vamos a engañarnos, ¿qué más dará? Al fin y al cabo, toda opinión es igualmente válida y debe ser respetada.

         Hemos vuelto a confundirnos. Sí, otra vez. ¿Que por qué? Porque una gran mayoría aceptaría como cierta, incuestionable, indudablemente verdadera la última afirmación del párrafo anterior. Vayamos en orden y comencemos con la validez de las susodichas opiniones. Aviso a navegantes: esto no va a gustarle a más de uno. Siento comunicarles que no, no es suficiente el hecho de ser ‘poseedor’ de una opinión (si bien en no pocas ocasiones somos nosotros los que pertenecemos a ellas, meros recipientes inertes para su transmisión y perduración en el tiempo). Se necesita algo más. No diríamos de un conjunto de hojas amontonadas en el suelo que es un árbol, ¿verdad? Pues lo mismo. Las opiniones necesitan de un sustento, de un armazón de razones y argumentos que las sostenga y permita aflorar con belleza y contundencia nuestro pensamiento. Sin ello estamos perdidos, quedamos expuestos a la intemperie de la demagogia y la palabrería barata, del engaño ajeno, nos convertimos voluntariamente en cómplices del asesinato de nuestra propia autonomía. En la misma línea, cabe señalar que hay razones más sólidas que otras, más ‘ciertas’, si se me permite. De ahí que, para desgracia de muchos, no toda opinión merece ser respetada ni tiene el mismo valor a la hora de discutir o debatir sobre un tema concreto.

          Ahora bien, ¿por qué respetar aquellas ideas que inmovilizan el pensamiento, que lo adormecen o, en el peor de los casos, lo asesinan vilmente? El tantas veces exhortado respeto no debe posarse sobre las ideas o las opiniones, estas deben ser cuestionadas, revisadas, destruidas y reconstruidas de nuevo. Hay que evitar que se nos estanquen las ideas y comience a oler a podrido en nuestro pensamiento. Debemos promover activamente el diálogo constructivo que dé forma y contenido a todas aquellas opiniones que no son tales, y también es imperativo luchar contra la asunción implícita de este establecido respeto hacia las mismas, sin importar cuáles sean. Respeten a las personas, sujetos merecedores de ello, pero dejen que las ideas sigan su curso, que las no válidas para nuestros tiempos desaparezcan, que las crueles sean abolidas y las que ayudan a mejorar el orden social y la vida de los que vivimos en sociedad florezcan y nos alcancen a todos. Está en nosotros.


            Ya está bien de escudar la ignorancia en esta falsa idea de respeto, comprometámonos con saber de qué hablamos, con no abrir la boca (o escribir en cualquier red social) si lo que tenemos que decir no es mejor que el silencio, y, cuando lo hagamos, demos argumentos, razones, elaboremos nuestras ideas, expongámoslas de manera precisa y estructurada para que los demás puedan entenderlas y contestarnos. Pero, por encima de todo, estemos siempre dispuestos a cambiarlas, hagamos de nuestra existencia un continuo viaje de aprendizaje y aprendamos a disfrutar de ello. 

25 de febrero de 2016

Idas y venidas

'Vete por donde quieras', me dijo.



Y yo me fui, claro que me fui, ¿cómo iba a poder resistir la tentación? Desaparecí de allí, me olvidé de todo y me perdí en el entramado de sonrisas que hacía unos minutos me había regalado. Me fui, sin dejar rastro, por cada uno de los rincones que su cuerpo me ofrecía, me deslicé cuidadosamente por todos los sueños que nos quedaban por cumplir, despiertos y con los ojos abiertos. La desnudé de miedos y pretéritos absurdos, la vacié de falsas expectativas sobre el amor y sus desdichas, le borré todas las caricias que tenía mal dibujadas en su piel. Me fui, me fui por las ramas, por los entresijos de esa mirada que me encendía la esperanza. 

Me fui, pero ella se quedó, mirándome calmada, sabedora de que, tan solo con un beso, conseguiría hacerme volver. 

8 de febrero de 2016

Puentes

Algo estamos haciendo mal cuando llenamos puentes con candados que parecen reflejar nuestro podrido y maloliente 'amor'. Concepto malgastado, idea inapropiada para designar un sentimiento que perdimos hace tiempo, que hemos desaprendido voluntariamente a cultivar. 

Nos atamos a cables de acero con oxidadas ilusiones de una historia que nos malvendieron, malversando nuestras expectativas, y la esperanza la depositamos constantemente en el otro, siempre afuera. Nos hemos olvidado de mirar hacia dentro cuando el viento sopla contra nosotros. Y apesta. 

Esperamos de terceros que llenen los vacíos que no tuvimos el valor, ni la paciencia, de considerar relevantes para la conformación de nuestra identidad. que lleva tiempo hecha añicos y ya no hay besos que la arreglen. 

El amor ha dejado de hacernos libres.

14 de enero de 2016

Jaulas

Intentaron lo imposible. Buscaron poner barrotes de acero inoxidable y memoria inquebrantable a los perennes rayos de luz que coqueteaban con las miradas anónimas esparcidas por la habitación. Absurda tarea, imperativo el dolor causado a aquellos ojos que contemplaban la atrocidad del frágil espectáculo, lágrimas de porcelana que rompían contra el suelo en un estruendoso sinfín de goteos. Palabras que no salen, flores que son incapaces de crecer bajo los artificiales rayos de luz de una bombilla enjaulada. Mis sueños, como aquellos torpes haces luminosos, siguen buscando la manera de evitar los efímeros barrotes que la sociedad intenta ponerles, como cabreada por la felicidad ajena de aquellos que todavía conservan las ganas de vivir... 

(...o de morir en el intento).

26 de diciembre de 2015

Identidad

La construcción de la identidad es un trabajo arduo e incesante, una tarea sin descanso que a menudo, o más bien constantemente, te lleva a enfrentarte a personas a las que quieres, a ser continuamente puesto en cuestión, interrogado, sujeto que debe explicar incesantemente y con tesón por qué es como es, mientras que el resto, los que depositaron su identidad en las moldeadoras manos de terceros, descansa en la comodidad de una existencia banal y sin sentido. Hacerse cargo de uno mismo, de quien verdaderamente se quiere ser exige tiempo y dedicación, decisiones complicadas, momentos de soledad, quizá estos los más productivos de cara a la solidificación de cimientos previos, aunque también algunos destruyen sin compasión todo lo que hallan a su paso. Pero no todo va a estar lleno de tintes racionales, es necesario un alto componente de pasión, de fuerza y compromiso para no desfallecer ni darse por vencido. Hace falta amor, por lo que haces, por lo que sueñas poder hacer, por lo que eres y lo que luchas por llegar a ser, amor para tener paciencia y repetir(te) hasta la saciedad por qué escoger el camino elegido y no virar bruscamente para acomodarte al flujo de vidas anónimas que nadean en la existencia.


‘¿Ser o no ser?’, como se cuestionaba Hamlet y que tiene una vigencia desafiante en el proyecto identitario, porque, no se engañen, o se es de un modo auténtico en el que uno se hace cargo de la construcción de la propia identidad, o no se es y se vive en la inautenticidad, que se traduce en un no ser en absoluto. Si uno se decanta, ya que hablar de una verdadera ‘decisión’ quizá no sea lo más correcto en este caso, por ese no ser del que hablamos, se convierte irremediable e irremisiblemente en títere de la abulia y la apatía que dictatorizan los tiempos que corren, o más bien, se desplazan de tropiezo en tropiezo. Se entrega desnudo y desarmado a la tiranía de la desazón y la queja constante, se convierte en delicioso manjar para los devoradores de conciencias, en tabula rasa de aquellos que, con martillo y cincel, siguen esculpiendo ideas sobre robustas mentalidades que no pedirán explicaciones sobre el adoctrinamiento al que son sometidas.


Y por último, uno debe, y no queda otra opción, aprender a perder, a dejar atrás, a olvidar, no solo planteamientos rancios y oxidados, verdades a medias que se disfrazan de absolutas, falacias jocosas que se travisten en forma de argumentos válidos, sino también personas que un día formaron parte de tu vida pero que no fueron capaces de comprender por qué ese afán tuyo de ser tan tú y tan poco los otros. Hasta dónde llegar es cuestión de cada uno, pero es cierto que existen relaciones tóxicas que frenan la verdadera necesidad de ser que algunos logran encontrar. Desenganchémonos, por favor, porque la libertad es condición necesaria, si bien no suficiente, para poder desarrollar y vivir una existencia auténtica.

28 de noviembre de 2015

No nos enseñaron...

... que hay vidas de primera y de segunda, que todo eso de que somos iguales es algo por lo que demasiado pocos luchan y que al resto les da igual. Nos insensibilizaron y cegaron ante las muertes de aquellos que, según ellos, eran diferentes a nosotros, cuyas guerras no nos ocupaban y no eran más que el fruto de problemas que nada tenían que ver con nosotros. Así justificaron la inhumanidad de cerrar con vallas las fronteras y nos hicieron sentir orgullosos y tranquilos. Gracias a ellos, ahora, estamos a salvo.

... que existe una diferencia abismal entre caridad y solidaridad. Así, hay quien se vanagloria de ayudar, se llena de orgullo y tranquilidad realizando acciones y donaciones a aquellos que ‘lo necesitan’, incapaz de ver que la caridad, en sí misma, mantiene la desigualdad estructural al ejercerse verticalmente, de arriba abajo, del ‘afortunado’ que puede ofrecer al ‘desdichado’ que necesita ayuda. La solidaridad, sin embargo, busca erradicar desigualdades, luchando contra el sistema que las produce, buscando la desaparición de jerarquías o estamentos, con el fin de unificar e igualar posiciones. Pero seguimos pensando que el acto caritativo vale lo mismo que el solidario.

... que toda opinión no es en sí misma válida ni merecedora de respeto, que se necesitan argumentos, razones, que es necesario discutir, repensar, escuchar (que no oír), y estar dispuestos a aprender, crecer, cambiar. Nos hicieron acomodarnos en la falsa ilusión de que cualquier opinión vale lo mismo, en Occidente, claro, pues bien sabemos que algunas de las que encontramos fueran son barbarie, y no son justificables bajo ninguna óptica. También nos vendaron los ojos (y quizá el corazón), por supuesto, para no poder ver este doble juego a la hora de enjuiciar y juzgar al otro. Ahora somos incapaces de avanzar, nos faltan razones; bueno, nos sobran, pero pensamos que todas valen lo mismo.

... que también nosotros somos el resultados de nuestra educación y valores, de nuestras experiencias y decisiones, que pensamos como lo hacemos y sentimos de esta torpe manera como resultado de nuestra historia. Nos convencieron de ser autónomos, diferentes, únicos, librepensadores, de ser el fruto de esa codiciada patria europea. Nos acomodamos tanto en nuestra pecera, que ahora no podemos percatarnos de que estamos dentro, que cuando intentamos salir chocamos contra sus cristales y somos incapaces de ver y experimentar todo lo que hay fuera.

... que la libertad de expresión no vale nada si no se es libre de pensamiento. Pero nos hicieron creer que éramos libres de pensar lo que quisiésemos, que no era nuestra culpa si teníamos ideas inhumanas o tremendamente egoístas y descorazonadoras respecto a la vida y existencia de los demás (realmente, nadie las considera como tales), y por eso podíamos decir lo que quisiésemos y escudarnos, ampararnos, como de pequeños ante la presencia de nuestros padres, para decir lo primero que se nos viniese a la cabeza. De nada sirve si no podemos pensar y repensar (y pensar de nuevo si hiciese falta) de un modo verdaderamente libre de cadenas y constricciones; pero eso, siento decirles, nos costaría demasiado dentro de esta comodidad a la que nos han acostumbrado.


... a decir adiós. Fuimos educados en el arte del saludo, de la reverencia, del entrar en vidas ajenas a toda velocidad, haciendo olvidar pasados sufridos, creando futuros inciertos pero deseables, removiendo hasta lo más profundo de aquellos a los que vamos conociendo y dejar una huella, más o menos perenne, sobre sus historias. Sin embargo, nadie nos dijo que quizá, en algún indeseado momento, tocase salir, desvanecerse, desaparecer sin hacer ruido y, sobre todo, sin hacer daño innecesario.

25 de noviembre de 2015

Adiós

Hoy, cariño, me marcho contigo,
donde quiera que estés,
porque sé que me esperas,
con esa media sonrisa en la cara
y con los brazos abiertos,
haciéndome un hueco en tu pecho.
Siempre tuviste la forma perfecta
para sostener mis miedos,
nunca permitiste los besos tristes
ni los 'te quiero' por compromiso.

Me despido ahora
de eso que llaman vida,
y que no ha sido
más que una broma
de mal gusto
desde que te fuiste de mi lado.
Y es que sin ti, amor,
todo fue una torpe comedia,
una falacia repleta
de horas en balde,
de buscarte en cada rincón,
de llorarte en cada palabra.

Pero hoy, hoy estoy alegre,
vida, qué paradoja,
aún a sabiendas de que quizá
no te encuentre,
si bien ni ganas
ni esperanzas me faltan.
aún dejándolo todo,
si bien sé que lo que abandono
hace tiempo dejó de importarme,
y es que lo único
que daba sentido a esta falsa
y pútrida realidad
era la luz
que otorgabas a las cosas
con tu tierna mirada,
era tu corazón
en nuestras vidas,
sobre todo en la mía,
en el mío,
que ya no soporta
su ausencia
y se rinde al cansancio
del sinsentido
en este tramo final del viaje.

Por todo ello
dejo de luchar,
me abandono a ti,
me entrego desvalido
a la muerte,
y ya no la temo
porque me mira
con tus ojos.
Por eso morir
tiene sentido,
será como dormir
cuando lo hacía
contigo.

31 de octubre de 2015

Tormentas

Miras al cielo, aunque no sabes muy bien qué es exactamente lo que tienes ante tus ojos. Parece que se avecina tormenta, pero en el aire sigue flotando esa torpe y inocente sensación de calma que puedes incluso oler desde la distancia. Es difícil de explicar. Intuyes el sol en el horizonte, casi puedes sentir su calor sobre tus mejillas, a pesar de que no puedes verlo. Parece que sus rayos te llegan desde lejos, quizá demasiado lejos, y aún así te tocan, puedes sentirlo e, incluso, una pequeña sonrisa empieza a atisbarse en tus labios. Sin embargo, te cuesta en exceso construirla completamente, es un esfuerzo demasiado grande como para convencerte a ti mismo de que eso que estás viendo es algo positivo, hermoso y que, en algún sentido, te hará ser mejor persona. 

Se avecina una tormenta. Acabas de pensarlo. Y te lo confirman las primeras gotas frías sobre tu rostro. No quieren hacerte daño, lo sabes, pero es como si, en ese dulce choque contra tus mejillas, fuesen poco a poco recordándote que vienen tiempos difíciles, que podrás bailar sobre la lluvia todo lo que quieras y, sin embargo, la realidad seguirá empapándote con sus acontecimientos. No tienes elección. Aunque quisieras, no puedes evitar ese oscuro nubarrón que se aproxima. La verdad es que tampoco quieres. Hay algo en ese caos que te atrae irremediablmente, que te llama a gritos y no te dejará escapar por muy lejos que tengas pensado huir. No, tampoco es la primera vez que te enfrentas a una de este tipo, tienes experiencia, pero bien sabes que no valdrá de nada. No obstante, todos necesitamos sentirnos confiados y seguros en algún sentido. Al fin y al cabo, cada uno se engaña como buenamente puede, ¿no?

De repente te asustas, te sientes extraño, como un espectador ajeno al que realmente le falta algo en el escenario. ¿Dónde está? Debería aparecer, sin duda alguna, como tendiendo un puente hacia la esperanza. Nada, no lo encuentras. Descubres entonces que te enfrentas a una nueva situación, quizá, sin arcoiris, no haya tampoco salida, aunque ese ahora tampoco sea el mayor de tus problemas. A ello sumemos el viento, demasiado fuerte como para andar sin dificultad, pero no lo suficiente para ahogar tus gritos en el ruido sordo de una tempestad que no pediste, si bien, quizá en algún sentido, provocaste. 

Lo único que verdaderamente necesitas, gritar, tan al alcance de tu mano y todavía se escabulle ante la seguridad de que morir gritando no concederá más valor a tu vida.

29 de octubre de 2015

Sonrisas

Sonríe. No, no vale seguir leyendo si no lo has hecho todavía. ¿Ya? ¿De verdad? Vale, te creeré desde el pasado en que te escribo. Podría darte razones, y quizá más adelante lo haga, pero piénsalo bien, no las necesitas realmente. Hazme caso, no te hacen falta motivos para esbozar una sonrisa, me niego a aceptarlo, lo siento. Es fácil, solo intenta acercar las comisuras de tus labios a los lóbulos de tus orejas; cada uno al que tiene más cerca, no seas difícil, que podrías, en una cómica treta del infortunio, quedarte sin boca y a ver luego cómo lo haces para alimentarte. ¿Lo tienes? Bien, bien. Te dije que no sería tan difícil.

Ahora toca mantenerlo ahí, que no disminuya la longitud de esa sonrisa que tanto ha costado construir. Mira a tu alrededor. ¿Acaso no es todo lo que te rodea más bonito ahora que te recibe mientras sonríes? Estoy seguro de que lo que todo ha tomado un color diferente, un brillo especial, pero realmente nada fuera de ti ha cambiado, todo sigue igual, solo que ahora estás preparado para apreciarlo y vivirlo de un modo bien distinto. ¿Hay alguien a tu alrededor? ¿Sí? Prueba a mirar a esa persona y regálale tu nuevo gran descubrimiento, fulmínala con esa nueva arma que acabas de desenfundar. ¿Ha pasado algo? ¿Has tenido esa suerte? Ojalá que sí, que tú también hayas tenido la suerte de contagiar un poquito de esa felicidad que has logrado tan fácilmente con un poco de perseverancia cuando comenzaste a leer. Ahora has multiplicado una sonrisa, ¿no es maravilloso? Siempre pensé que un día en que conseguimos hacer que otra persona ría es un día que vale la pena.

Sonríe. No vale ponerse la excusa de que hay días, semanas, meses… en definitiva, momentos tristes y no tan buenos en nuestra vida, pero eso ya lo sabemos. Sea lo que sea, seguro que pasa mejor con una sonrisa. Hazme caso, te sentará bien. ¿Cómo? ¿Que no te sale? Vale, está bien, tampoco lo fuerces demasiado, no vayas a hacerte daño. Tal vez sea verdad eso de que lo primero que necesitas es llorar y lo único a lo que puedas llegar sea a una falsa sonrisa. Y eso, permíteme que te diga, es lo peor que puedes poner en tu rostro y ofrecer a los demás. Llora entonces, como necesitas, pero no dejes de tener en mente que lo haces solo para que luego la sonrisa brille con más fuerza y perdure en el tiempo. ¿Me lo prometes?

Siento no haberte dado razones, de verdad que lo siento, quizá las haya, seguro que si nos paramos a buscarlas podríamos encontrar alguna, igual sin que ello nos costase mucho esfuerzo. Pero hoy, simplemente, no las necesito. No es que todo sea perfecto a mi alrededor y rebose felicidad por los poros, no es que me haya convertido en el personaje de ficción de una idílica y utópica novela con final feliz (al menos eso creo), pero he decidido poner una sonrisa de aquí en adelante para hacer frente a cada uno de los días a los que me toque enfrentarme. Algo así como una rutina matutina, una especie de consecuencia lógica tras desayunar y lavarme los dientes, no sé si me explico. No sé si su eficacia será ilimitada o si, por el contrario, tiene fecha de caducidad inminente, pero no me hace ningún daño, ni a los que me rodean. Es más, es maravilloso contemplar cómo, lo que hace epidémica a una enfermedad, hace grande a las sonrisas, se contagian. 

2 de octubre de 2015

Lágrimas

Me sorprendió descubrir cómo, poco a poco, una lágrima se deslizaba lentamente sobre su mejilla. Hacía tan solo unos segundos no había nada en absoluto rompiendo la serenidad de su rostro, que se encontraba frente a mí como suplicándome la más mínima dosis de empatía y comprensión. Hablaba despacio, con una mezcla de indignación y ternura que parecería extraña a cualquier observador ajeno. Hablaba de aquella guerra que últimamente no dejaba de aparecer en los telediarios, pero lo hacía desde el interior de una humanidad que a la mayoría le resulta ajena. Su preocupación eran los niños, principalmente, quizá porque tenía dos preciosas hijas que no superaban los doce años. No se olvidaba tampoco de los adultos, pero no era difícil percatarse de que la importancia no era la misma. Supongo que esa inocencia y falta de culpabilidad comúnmente asociadas a la infancia eran todavía más palpables en sus palabras al referirse a ella.

Me sorprendió también, cuando la segunda lágrima apenas asomaba entre sus pestañas, ver que su discurso estaba completamente a salvo del lenguaje sociopolítico que empezaba a extenderse, como si de una epidemia se tratase, entre todos los estratos de la población. ¡Cuánto experto en las sombras que de repente sale para ‘iluminar’ al mundo con su sabiduría! Simplemente no necesitaba de toda aquella parafernalia en forma de palabras para mostrar el dolor que sentía, que sin lugar a dudas identificaba como suyo y que yo no me habría atrevido a cuestionar. Pensé, entonces, que quizá ese exceso de lenguaje tan de moda la perturbaba además innecesariamente, habiéndose convertido en uno de los detonantes de su tenue llanto. Pero, la verdad sea dicha, estas solo eran suposiciones mías.

Cada una de esas lágrimas causó en mí una doble sensación que nunca antes había conocido. De un lado, me sentía capaz de compartir su dolor, gota a gota, desde sus ojos a lo más profundo de su ser, una agonía que se apodera de ti y convierte en trivial cualquier otra preocupación o problema que pudieses tener previamente. Cada una de aquellas diminutas porciones de sufrimiento ajeno calaba en mí como exigiendo el derecho de quedarse para siempre. Era complicado resistirse a la extraña tentación de abrazar ese dolor que no nos pertenece pero nos interpela. Uno aprende, en esos instantes, que si se comparte duele menos, que la mejor manera de paliarlo es distribuirlo a partes iguales, en pequeñas porciones, como nos gusta hacer cuando estamos felices para contagiarlo a los demás, de manera que todos nos hagamos un poco partícipes de él. Sin embargo, en la otra cara de la moneda, como la sonrisa que regalas a quien vuelve sin haberse ido por completo, comprendí, en aquel mismo momento, que donde hay lágrima, hay esperanza. Si lloraba, y créanme que así era, significaba que todavía quedaba humanidad en algunas personas y quizá, para disgusto de muchos, la batalla no estaba perdida.


El reconocimiento de nosotros mismos en cada uno de los rostros ajenos, de todos aquellos que nos rodean, y su correspondiente trato igualitario y afectuoso, debe ser el pilar fundamental sobre el que construir una sociedad justa y una moral verdaderamente humana.