23 de junio de 2013

Que yo no valgo para esto...

Hoy se me han acabado los poemas, las miradas furtivas a unas calles que están llenas de tu ausencia, de tus carcajadas, de esos bailes tan extraños que realizas cuando andas. He dejado de inventar historias aciagas y fraudulentas que vender al mejor postor, o al sórdido lector que pierde su tiempo en este tipo de banalidades. Me he cansado de llevar una dieta pobre en libros, de contemplar apático la tan denostada pasión que emana de esas películas de amor. 

Hoy quiero correr, sentir la calidez de la vida en forma de rayo de sol sobre mis mejillas, necesito soñar, sin cesar en mi carrera, que puedo diluirme entre las partículas de polvo que el viento dispara contra mi cuerpo. Vuelvo a dejar que las letras de las canciones me desnuden, que hablen de mi vida sin haberme pedido siquiera permiso, y quedo indefenso ante la opaca mirada de mis propios ojos que ya no ven, sólo sienten.

Hoy me fundo en un abrazo interior, sin moverme, con esa memoria que suele faltarme, simplemente para recordarme que nunca estaré solo y que siempre viviré conmigo. 

9 de junio de 2013

Hoy no quiero verte

                 Hoy no quiero verte, no quiero escuchar palabras vacías de sentimientos, desisto en el empeño de reconquistarte con discursos inertes y prohibidas mentiras. Las promesas se las ha llevado el viento, les ha negado su condición de futuribles, y me ha traído, a cambio, las rotas cuerdas de un violín que no volverá a llorar ninguna nota más.

                Hoy no quiero verte, quiero negarte mis insulsos sueños y despojarte de cada uno de los besos con que te vestía. Necesito mojar mis mejillas con agua que simule la humedad de unas lágrimas nunca derramadas, necesito que comprendas que el infierno no es nada más que mi cama vacía, que soporta, a duras penas, el eco de la ausencia de tu cuerpo.


                  Hoy no quiero verte, así que ven, por favor, y apaga la luz. 

13 de mayo de 2013

Manos

Es demasiado tarde y hace frío ahí afuera, no quiero irme, estas no son horas de expulsarme al mundo, y unas manos aprisionadas en unos blancos guantes de látex no es la mejor manera de empezar eso que llaman vida. Reconozco que, por un momento, he estado muy cerca de darlo todo por perdido, sí, antes de empezar siquiera, y dejar de respirar, convencer a mi corazón para que dejase de latir, negarme a ver los negativos de este anticuado carrete fotográfico en que se convertirá mi vida. Sin embargo, una mano de dimensiones desproporcionadas a mi pequeña estatura, desnuda, temblorosa y pálida, se ofreció a hacerme de puente, a ponerme la cosas más fáciles en este arduo camino. Desbordado por el tamaño de aquellos dedos, opté sencillamente por agarrarme al que más a mano tenía, luego me enteré de que lo llamáis "índice". ¡Qué alivio! ¡No estaba solo! Y algo me hacía pensar que nunca jamás lo estaría. (Hoy me doy cuenta de que ha sido la única intuición verdaderamente acertada que he tenido). Es la mano que me da de comer, la que me sostiene, la que hace que me levante siempre tras cada caída, es la mano que ayuda en mis primeros pasos. Nunca algo, que conforme yo crecía se hacía más pequeño, pudo aguantar el peso tan grande de una vida. 

Desconozco cómo y por qué, pero un buen día, supongo que mirando hacia abajo, porque mirar al cielo siempre fue demasiado ambicioso para mí, descubrí dos de esos extraños artilugios articulados, ¡yo también tenía manos! Gané en autonomía, no necesitaba a nadie para ponerme en pie, para comer, aprendí a sostener entre mis dedos libros, que abrieron mundos imposibles, historias envidiadas por los más grandilocuentes soñadores despiertos. Pero no solo eso, también podía escribir, bien fuese mediante el uso de un bolígrafo o con el ronroneo de unas teclas desacompasadas, como hago ahora. Era fascinante. 

Así, mis manos se convirtieron en el trampolín de tus caricias, extendidas sin orden aparente por todo mi cuerpo. Mis manos reconocieron tus labios como campo de batalla para una guerra sin término de besos, te taparon los ojos mientras un leve susurro te ofrecía volar sin moverte del sitio. Mis manos se entrelazaron con las tuyas, de repente, como si se conociesen de toda la vida, sin fallos ni encontronazos bruscos, con la delicadeza que tiene tu cuerpo al soportar mis abrazos.

Por eso, a veces, pienso que son mis manos las que te añoran, las que te dibujan en mis ojos cuando te echo de menos, las que me hacen callar cuando necesito gritarle al mundo que lo odio. Y es que sí, son mis manos las que no saben por qué te fuiste y no yo, que dejé de preguntármelo hace tiempo. 

2 de mayo de 2013

Cuentos infantiles

Detrás del frío, enfrentándose al aire, 
expuestos en la intimidad de lo público, 
jugaron a preguntarse por todo aquello 
que querían gritarle al mundo. 

En aquel ficticio amanecer
torpemente creado por unas cuantas farolas, 
empezó el baile de ideas, 
la lucha templada de unas manos ilusas,
que se veían capaces de atrapar el presente
para jugar con él eternamente. 

El abandono no tardó en abalanzarse sobre ellos,
las armaduras cayeron, 
las ganas se elevaron por sus cuerpos embrollados.
Y fue entonces, sólo entonces,
cuando se escaparon los dragones.

27 de abril de 2013

Esas dudas que atraviesan tu cuerpo al respirar.

¿Las preguntas inconclusas?
Yo.
¿Los interrogantes perpetuos?
Tú.
¿Dormir en la inseguridad?
Yo.
¿Mis sueños?
Tú.
¿El dolor del sentimiento?
Yo.
¿El de mi boca?
Tú.