18 de julio de 2016

Anónimo

Les aseguro, sin temor alguno a equivocarme, que me hizo feliz. Es cierto que no fueron más que unos pocos segundos los que paré a contemplar, con todo lo que el verbo en su acepción más filosófica implica, esa perfecta escenificación improvisada de la felicidad, esa bella materialización de la vida en su más pura sencillez y radicalidad, esa obra de arte puesta en práctica por una pequeña niña enfundada en un traje completo e impermeable contra la lluvia, gorro y botas incluidas. Saltaba. Saltaba con la seguridad que da la inocencia, la sonrisa que dibuja la felicidad de hacer lo que uno verdaderamente quiere y la seguridad de que mojarse no iba a empeorar su día, sino acaso mejorarlo.

Mientras tanto, con ese carácter taciturno, melancólico y huidizo que imprimen los paraguas en sus portadores, multitud de adultos se protegían de la lluvia, pasaban fugaces ignorando impasiblemente esa fuente de vida que no hacía más que brotar una y otra vez con más fuerza cada vez que los pies de aquella niña golpeaban con fuerza el siguiente charco. Mirar a otro lado, no vaya a ser que salpique y nos haga siquiera esbozar una sonrisa, no vaya a ser que nos haga darnos cuenta de lo miserable de la vida que a veces llevamos, de todo lo que hemos dejado por el camino luchando por ser alguien que no elegimos, persiguiendo anhelos de otros y dando sepultura a nuestros propios y más sinceros sueños.



Una madre a su lado, observadora, paciente, sabedora de la importancia de aquel pequeño y grandioso instante, empapándose a partes iguales de la lluvia y la felicidad de su hija. Otra sonrisa imborrable, consecuencia de la primera, la de la niña, de la que yo también me había contagiado. Felicidad que se multiplicaba en forma de línea curva en rostros anónimos, partícipes por igual, pero con distintas perspectivas, de aquel maravilloso espectáculo. Felicidad que se expande impasiblemente por todo aquel que está dispuesto a dejarse contagiar, que es capaz de empatizar y disfrutar de la alegría de quien no conoce, con quien no comparte vínculo alguno.

Cerrar el paraguas. Mirar hacia arriba. Aceptar que llueve. Aprender a mojarse, a empaparse. Bailar bajo la lluvia. Y a pesar de ello, o precisamente por ello, ser felices. Sin motivos. Sin explicaciones. Iluminar el mundo con el poder de una sonrisa sin razones ni causas. Convertirnos en nuestro propio faro. Ser dueños de nuestro destino.


Os concedo, a quienes lo estéis pensando, que ello no hará que deje de llover, ¿pero eso a quién le importa ahora? 

22 de junio de 2016

El lado bueno

Always look on the bright side of life’, como dice la famosa canción de ‘La vida de Brian’, aquella divertida y cómica película; o, como bien recoge el refranero popular en una versión similar, no hay mal que por bien no venga. Y yo les prometo que lo he intentado, y no una ni dos veces, sino cientos de ellas en ocasiones, con tozudez, empeño y sin el menor signo de cansancio, sin que por mi mente se atreviese a pasar el tenue murmullo de una retirada a tiempo o una agridulce derrota. Pero, si de lo que vamos a hablar es de sabores, admitámoslo, es el turno del amargo, es el momento del desgastamiento del paladar de nuestras emociones con la desoladora insinuación de que estamos buscando en vano, con la irremediable aceptación de que tal lado bueno no existe, o al menos no siempre.

Y es que hay males que vienen para quedarse, heridas que no se curan, ni lo harán con el paso de los años, hay dolores que arrasan y devastan todo lo que en nosotros encuentran, y no van a dejar de hacerlo porque nos empeñemos en buscarles un supuesto lado positivo que es más una creación efímera de nuestro cerebro que algo palpable y asumible por nuestro sentir. De nada valen las palabras de apoyo, las palmaditas en la espalda, la sucia y pretendida condolencia, que se ha erigido en nuestras sociedades como una presuposición social, destiñéndose de cualquier síntoma de sinceridad que pudo haber tenido en sus inicios.

Nada. No va a quedarnos nada más que dolor y sufrimiento, y quizá no se vaya, asumámoslo de una vez por todas y dejemos de pretender que todo va bien. Nadie. O casi nadie podrá realmente entender cómo y qué sientes, hasta dónde y por qué te duele, cómo hace ese sufrimiento para deshacerte y devorarte en cuestión de segundos.

Ahora levanten sus miradas, abran sus mentes, presten atención y hagan el esfuerzo de salir del narcisismo que le acaban de provocar lo que han leído, intenten dejar a un lado sus experiencias personales y sean capaces de mirar al otro, de apreciar con humildad y sin prejuicios su sufrimiento. Intenten lo que para muchos resulta imposible, impensable, formar parte de un nosotros sufriente, una colectividad que se individualiza en el dolor y que ya no puede aguantar ni un minuto más con los ojos vendados. ¿Creen que podrán hacerlo? ¿Sí? ¿Seguro? Bien, prosigamos entonces.

Sientan como propios cada uno de los golpes de esa mujer que en las próximas horas morirá a manos de su marido, novio, pareja, en alguna calle desconocida de una ciudad anónima de un país en el que la prensa cubrirá la noticia como una ‘mujer hallada muerta’, en lugar de ‘una mujer asesinada’. Sientan el frío de las aguas mediterráneas que les congela poco a poco cada una de sus articulaciones y sean plenamente conscientes de que en ellas morirán en cuestión de horas, quizá minutos, mientras Europa mira inerte cómo se pierden unas vidas que, hace tiempo quedó claro, no valen lo mismo. Sientan como propias las miradas de rechazo y odio, las palabras de reprobación y repugnancia, e incluso las agresiones, de una parte de la población debido a su orientación sexual, identidad de género,… porque la heteronormatividad causa estragos en todas aquellas personas LGBTIQ+ que son vistas con diferentes (y lo son en muchos casos a ojos de la ley).


En definitiva, sientan como propio el dolor ajeno de todos aquellos que sufren en el mundo por las injusticias que padecen irremediablemente y que, aunque lo intentasen con todas sus fuerzas como yo, difícilmente podría evitar una carcajada al escuchar eso de ‘el lado bueno de las cosas’.  

18 de abril de 2016

Conmigo mismo

Y de repente, silencio. Un silencio que levanta la voz y ahoga los pensamientos, que se expande insensiblemente por toda la habitación y te mira desde arriba. Un silencio que empequeñece, aprieta y casi ahoga, que sobrecoge, empapa y te hace templar a partes iguales. Un silencio que, por encima de todo, te recuerda que estás solo. Pero la soledad no acaba de venir a verte porque no tuviese mejores cosas que hacer, la has llamado, puede que sin saberlo, porque la necesitas; en último término, te necesitas a ti mismo, y no hay mejor manera de encontrarte, de enfrentarte a ti, que cuando ella está presente.

Tras un segundo parpadeo, la soledad, el silencio y tú, sin saber muy bien qué hacer ahora. Quizá lo mejor sea relajarte, hacer el cuerpo a la presencia de estas infrecuentes (para muchos) compañeras de tertulia. Sin embargo, no habrá presentaciones para principiantes ni veteranos, simplemente una charla a tres bandas en la que tú serás el único interlocutor; sí, de ti mismo. Todas y cada una de las preguntas que decidas lanzar al aire volverán envenenadas de silencio y soledad, y además esperando ser respondidas. Me temo que te va a tocar hacerte frente,  empezando por todos aquellos pensamientos y sensaciones que se hallan en la superficie, para ir ahondando poco a poco en toda esa maraña más o menos racional que rige la mayoría de tus actos y emociones sin el menor esfuerzo, sin que tú lo sepas.

Me saltaré ahora procesos intermedios, zambullidas con diferente profundidad en las que poco a poco uno se va descubriendo a sí mismo, se empieza a conocer, aceptar y, en el mejor de los casos, cambiar lo que no le gusta; si bien es cierto que no es poco el esfuerzo necesario. Pero, de todo esto ya he hablado antes, he escrito, quizá demasiado, al respecto, ¿verdad? ¿Por qué hacerlo de nuevo?

En medio de uno de esos últimos momentos de silencio y soledad, he llegado a vislumbrar el fondo, lo confieso, he encontrado algunas de las piedras de toque que se hallan en el fondo de mis pensamientos, mente, cabeza, llámenlo como quieran. Es más, he conseguido leer su superficie, identificarlas, no sin poco esfuerzo, o eso creo. Sin embargo, no me gusta parte de lo que veo, que quiero borrar lo escrito, renovar algunas de esas columnas, esculpirlas a mi manera, tirar varias de ellas y suplirlas por otras que ya tengo listas para reemplazarlas. ¿El problema entonces? No soy capaz, están fuertemente engarzadas a eso que soy yo, resultado de mi educación en una sociedad llena de estereotipos, prejuicios, visiones anquilosadas del ser humano, la sexualidad, la política y economía, la cultura, y un largo etcétera que ha ido calando desde el imaginario cultural hasta eso que me he acostumbrado a llamar ‘yo’.


Y de nuevo, silencio. Sigo sin saber qué hacer y estoy seguro de que la ayuda no puede llegar desde afuera. Quiero seguir intentándolo. 

30 de marzo de 2016

Pensamientos aleatorios

Todo se desmorona poco a poco, sin hacer apenas ruido, parece que el silencio se haya cansado verdaderamente de gritar y haya decidido, finalmente, hacerse cargo de la que supuestamente es su principal ocupación: ahogar impasiblemente todas y cada una de las voces que intentan despertarse en mi conciencia. Parece estar consiguiéndolo. O quizá, simplemente, me haya acostumbrado a pensar sin palabras, a sentir lo que pienso y despensar lo que vivo. Tal vez mis fuerzas haya cedido al fluir indeleble de las conciencias dormidas, de las almas vacías y los cuerpos inertes, aunque mutilados por vivencias que les impusieron, mediante experiencias que les grabaron en la piel.

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Este proceso de 'desatrofiación' de mis sensibilidad me está pasando factura. Duele cuando miras fijamente al Sol durante varios segundos, quema cuando el fuego está cerca de ti y deja de ser reconfortante para convertirse en abrasador. Llevo meses sentado en unas llamas que no se apagan, mirando un Sol que brilla cada día con más intensidad. No, no me ciega. No, no me ha quemado (al menos no literalmente). Estoy aprendiendo a ver, con unos ojos que ya no sé si son míos, una realidad de la que dudo mucho pueda huir. Me faltan razones que prueben, expliquen, justifiquen, racionalicen, o pongan dentro del espectro de mis sentimientos, todo lo que pasa a mi alrededor. El anonimato hace tiempo que dejó de ser una excusa. ¿Cómo es posible? ¿Por qué? ¿Qué está realmente pasando? ¿A qué aferrarme? ¿Hacia dónde mirar? ¿Hay que seguir caminando?

Todo ha dejado, simplemente, de tener sentido.

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¿Cómo huir de tus sueños? ¿Cómo y por dónde escapar de las pesadillas que se apoderan de nosotros durante la noche? ¿Qué es eso de no saber a dónde va tu 'yo' cuando duermes? Parece que separarse del cuerpo fuese tan sencillo. Y yo todo este tiempo tratando de asirme fuertemente a él, de no perder contacto con la realidad que me rodea, ¿pero es que acaso hay más de una?

Nunca he sabido el efecto que el café causa en mi organismo, pero todavía esa maldita pregunta sigue torturándome, con indecencia y sin compasión, ¿cómo se deshace un beso? 

24 de marzo de 2016

Vivo

A veces la vida nos abruma, nos pasa por encima sin pedir permiso, se va sin disculparse siquiera, nos derriba con constantes compromisos y contratos no firmados que nos obligan a permanecer, nos inmovilizan, alejándonos de nuestros sueños, incluso de nuestra propia felicidad. A veces nos engaña, haciéndonos pensar que esta última nos llegará desde fuera, como caída del cielo, que con un poco de azar y estar en el sitio adecuado será nuestra; sin embargo, la felicidad hay que crearla, construirla, darle forma y contenido, ponerle colores, olores, sabores, sonidos y tacto, mucho tacto: el calor del sol azotando tu cuerpo en una fría mañana de invierno, el roce de esa mano que consigue despertar todos tus sentidos, un beso, un abrazo.

A veces la vida nos llena de frustraciones ajenas, de lágrimas que nos salpican por llantos que no merecemos, nos zarandea con emociones que no hemos tenido el valor previo de afrontar, combatir, aceptar, asumir. Demasiadas veces pagamos los platos rotos de aquellos que no tuvieron el valor de tomar las riendas de sus proyectos, que se conformaron con prefabricar los sueños de otros en lugar de crear los propios. Tratan de llenarlos la cabeza con sus inseguridades, sus complejos y las continuas y memorizadas mentiras que aprendieron de sus mayores. Cobardes.

No, no pienso dejar de intentarlo, no pienso desistir, poco me importan ahora vuestras palabras, los consejos rotos e inservibles, los miedos que os enseñaron y no os atrevisteis a desgarrar. La oscuridad, que probablemente me envuelva en las etapas iniciales de este nuevo camino que intento rehacer continuamente, no va a frenarme ni un solo segundo, no va a marchitar ni siquiera uno solo de mis proyectos o, en caso de no haberlos, las ganas de salir a buscarlos, o que me busquen, a crearnos juntos en una espiral de vida, ganas, pasión y dedicación por aquello que me gusta hacer.

No, tampoco importa no saber lo que quiero hacer ahora mismo. Sé reconocer lo que siento, lo que me hace cerrar los ojos y sonreír. Soy perfectamente capaz de saber que me hallo en el camino correcto, haciéndolo con cada paso, que tengo un gran abanico de posibilidades ante mí y que no pienso desperdiciar ninguna. Me he propuesto firmemente no escuchar a todos aquellos que me griten desde su impotencia y apatía, estoy más que decidido a hacer oídos sordos a todas y cada una de las palabras de desánimo que traten de obstaculizar mi camino, que quieran interpretar un papel protagonista en un camino que yo vislumbré libre de idiotas y personas que resten a mi vida.

¿Que por qué y para qué? Por y para mí. Porque merezco dedicarme algo de tiempo, porque nadie si no soy yo va a ocuparse de mi vida, de mis sueños, de mis pasiones, de mis emociones. Para que nadie ocupe el lugar que me pertenece, del que voy a adueñarme por ello y, desde lo alto, bajo o a media altura de mi castillo, gritaré que me quiero.

¿Que a qué viene esto? A que ojalá tan solo uno de los que me estáis leyendo haga suyas estas palabras, se apropie de la idea, la arrope cariñosamente y se anime a llevarle a cabo. Pero, por encima de todo, porque necesitaba decírmelo.