8 de febrero de 2016

Puentes

Algo estamos haciendo mal cuando llenamos puentes con candados que parecen reflejar nuestro podrido y maloliente 'amor'. Concepto malgastado, idea inapropiada para designar un sentimiento que perdimos hace tiempo, que hemos desaprendido voluntariamente a cultivar. 

Nos atamos a cables de acero con oxidadas ilusiones de una historia que nos malvendieron, malversando nuestras expectativas, y la esperanza la depositamos constantemente en el otro, siempre afuera. Nos hemos olvidado de mirar hacia dentro cuando el viento sopla contra nosotros. Y apesta. 

Esperamos de terceros que llenen los vacíos que no tuvimos el valor, ni la paciencia, de considerar relevantes para la conformación de nuestra identidad. que lleva tiempo hecha añicos y ya no hay besos que la arreglen. 

El amor ha dejado de hacernos libres.

14 de enero de 2016

Jaulas

Intentaron lo imposible. Buscaron poner barrotes de acero inoxidable y memoria inquebrantable a los perennes rayos de luz que coqueteaban con las miradas anónimas esparcidas por la habitación. Absurda tarea, imperativo el dolor causado a aquellos ojos que contemplaban la atrocidad del frágil espectáculo, lágrimas de porcelana que rompían contra el suelo en un estruendoso sinfín de goteos. Palabras que no salen, flores que son incapaces de crecer bajo los artificiales rayos de luz de una bombilla enjaulada. Mis sueños, como aquellos torpes haces luminosos, siguen buscando la manera de evitar los efímeros barrotes que la sociedad intenta ponerles, como cabreada por la felicidad ajena de aquellos que todavía conservan las ganas de vivir... 

(...o de morir en el intento).

26 de diciembre de 2015

Identidad

La construcción de la identidad es un trabajo arduo e incesante, una tarea sin descanso que a menudo, o más bien constantemente, te lleva a enfrentarte a personas a las que quieres, a ser continuamente puesto en cuestión, interrogado, sujeto que debe explicar incesantemente y con tesón por qué es como es, mientras que el resto, los que depositaron su identidad en las moldeadoras manos de terceros, descansa en la comodidad de una existencia banal y sin sentido. Hacerse cargo de uno mismo, de quien verdaderamente se quiere ser exige tiempo y dedicación, decisiones complicadas, momentos de soledad, quizá estos los más productivos de cara a la solidificación de cimientos previos, aunque también algunos destruyen sin compasión todo lo que hallan a su paso. Pero no todo va a estar lleno de tintes racionales, es necesario un alto componente de pasión, de fuerza y compromiso para no desfallecer ni darse por vencido. Hace falta amor, por lo que haces, por lo que sueñas poder hacer, por lo que eres y lo que luchas por llegar a ser, amor para tener paciencia y repetir(te) hasta la saciedad por qué escoger el camino elegido y no virar bruscamente para acomodarte al flujo de vidas anónimas que nadean en la existencia.


‘¿Ser o no ser?’, como se cuestionaba Hamlet y que tiene una vigencia desafiante en el proyecto identitario, porque, no se engañen, o se es de un modo auténtico en el que uno se hace cargo de la construcción de la propia identidad, o no se es y se vive en la inautenticidad, que se traduce en un no ser en absoluto. Si uno se decanta, ya que hablar de una verdadera ‘decisión’ quizá no sea lo más correcto en este caso, por ese no ser del que hablamos, se convierte irremediable e irremisiblemente en títere de la abulia y la apatía que dictatorizan los tiempos que corren, o más bien, se desplazan de tropiezo en tropiezo. Se entrega desnudo y desarmado a la tiranía de la desazón y la queja constante, se convierte en delicioso manjar para los devoradores de conciencias, en tabula rasa de aquellos que, con martillo y cincel, siguen esculpiendo ideas sobre robustas mentalidades que no pedirán explicaciones sobre el adoctrinamiento al que son sometidas.


Y por último, uno debe, y no queda otra opción, aprender a perder, a dejar atrás, a olvidar, no solo planteamientos rancios y oxidados, verdades a medias que se disfrazan de absolutas, falacias jocosas que se travisten en forma de argumentos válidos, sino también personas que un día formaron parte de tu vida pero que no fueron capaces de comprender por qué ese afán tuyo de ser tan tú y tan poco los otros. Hasta dónde llegar es cuestión de cada uno, pero es cierto que existen relaciones tóxicas que frenan la verdadera necesidad de ser que algunos logran encontrar. Desenganchémonos, por favor, porque la libertad es condición necesaria, si bien no suficiente, para poder desarrollar y vivir una existencia auténtica.

28 de noviembre de 2015

No nos enseñaron...

... que hay vidas de primera y de segunda, que todo eso de que somos iguales es algo por lo que demasiado pocos luchan y que al resto les da igual. Nos insensibilizaron y cegaron ante las muertes de aquellos que, según ellos, eran diferentes a nosotros, cuyas guerras no nos ocupaban y no eran más que el fruto de problemas que nada tenían que ver con nosotros. Así justificaron la inhumanidad de cerrar con vallas las fronteras y nos hicieron sentir orgullosos y tranquilos. Gracias a ellos, ahora, estamos a salvo.

... que existe una diferencia abismal entre caridad y solidaridad. Así, hay quien se vanagloria de ayudar, se llena de orgullo y tranquilidad realizando acciones y donaciones a aquellos que ‘lo necesitan’, incapaz de ver que la caridad, en sí misma, mantiene la desigualdad estructural al ejercerse verticalmente, de arriba abajo, del ‘afortunado’ que puede ofrecer al ‘desdichado’ que necesita ayuda. La solidaridad, sin embargo, busca erradicar desigualdades, luchando contra el sistema que las produce, buscando la desaparición de jerarquías o estamentos, con el fin de unificar e igualar posiciones. Pero seguimos pensando que el acto caritativo vale lo mismo que el solidario.

... que toda opinión no es en sí misma válida ni merecedora de respeto, que se necesitan argumentos, razones, que es necesario discutir, repensar, escuchar (que no oír), y estar dispuestos a aprender, crecer, cambiar. Nos hicieron acomodarnos en la falsa ilusión de que cualquier opinión vale lo mismo, en Occidente, claro, pues bien sabemos que algunas de las que encontramos fueran son barbarie, y no son justificables bajo ninguna óptica. También nos vendaron los ojos (y quizá el corazón), por supuesto, para no poder ver este doble juego a la hora de enjuiciar y juzgar al otro. Ahora somos incapaces de avanzar, nos faltan razones; bueno, nos sobran, pero pensamos que todas valen lo mismo.

... que también nosotros somos el resultados de nuestra educación y valores, de nuestras experiencias y decisiones, que pensamos como lo hacemos y sentimos de esta torpe manera como resultado de nuestra historia. Nos convencieron de ser autónomos, diferentes, únicos, librepensadores, de ser el fruto de esa codiciada patria europea. Nos acomodamos tanto en nuestra pecera, que ahora no podemos percatarnos de que estamos dentro, que cuando intentamos salir chocamos contra sus cristales y somos incapaces de ver y experimentar todo lo que hay fuera.

... que la libertad de expresión no vale nada si no se es libre de pensamiento. Pero nos hicieron creer que éramos libres de pensar lo que quisiésemos, que no era nuestra culpa si teníamos ideas inhumanas o tremendamente egoístas y descorazonadoras respecto a la vida y existencia de los demás (realmente, nadie las considera como tales), y por eso podíamos decir lo que quisiésemos y escudarnos, ampararnos, como de pequeños ante la presencia de nuestros padres, para decir lo primero que se nos viniese a la cabeza. De nada sirve si no podemos pensar y repensar (y pensar de nuevo si hiciese falta) de un modo verdaderamente libre de cadenas y constricciones; pero eso, siento decirles, nos costaría demasiado dentro de esta comodidad a la que nos han acostumbrado.


... a decir adiós. Fuimos educados en el arte del saludo, de la reverencia, del entrar en vidas ajenas a toda velocidad, haciendo olvidar pasados sufridos, creando futuros inciertos pero deseables, removiendo hasta lo más profundo de aquellos a los que vamos conociendo y dejar una huella, más o menos perenne, sobre sus historias. Sin embargo, nadie nos dijo que quizá, en algún indeseado momento, tocase salir, desvanecerse, desaparecer sin hacer ruido y, sobre todo, sin hacer daño innecesario.

25 de noviembre de 2015

Adiós

Hoy, cariño, me marcho contigo,
donde quiera que estés,
porque sé que me esperas,
con esa media sonrisa en la cara
y con los brazos abiertos,
haciéndome un hueco en tu pecho.
Siempre tuviste la forma perfecta
para sostener mis miedos,
nunca permitiste los besos tristes
ni los 'te quiero' por compromiso.

Me despido ahora
de eso que llaman vida,
y que no ha sido
más que una broma
de mal gusto
desde que te fuiste de mi lado.
Y es que sin ti, amor,
todo fue una torpe comedia,
una falacia repleta
de horas en balde,
de buscarte en cada rincón,
de llorarte en cada palabra.

Pero hoy, hoy estoy alegre,
vida, qué paradoja,
aún a sabiendas de que quizá
no te encuentre,
si bien ni ganas
ni esperanzas me faltan.
aún dejándolo todo,
si bien sé que lo que abandono
hace tiempo dejó de importarme,
y es que lo único
que daba sentido a esta falsa
y pútrida realidad
era la luz
que otorgabas a las cosas
con tu tierna mirada,
era tu corazón
en nuestras vidas,
sobre todo en la mía,
en el mío,
que ya no soporta
su ausencia
y se rinde al cansancio
del sinsentido
en este tramo final del viaje.

Por todo ello
dejo de luchar,
me abandono a ti,
me entrego desvalido
a la muerte,
y ya no la temo
porque me mira
con tus ojos.
Por eso morir
tiene sentido,
será como dormir
cuando lo hacía
contigo.